Hará cosa de un año me llama mi mejor amiga, yo estaba en el súper, por el pasillo del shampoo. Me habla con voz entrecortada y con frases rápidas, me dice que está en casa de nosequién familiar suyo, y que ahí está un chico al que llamaremos Rubén. ¿Quién? –le pregunto. Rubén con el que me di unos besos en España. Ahh. Por un momento sigo sin saber de quién habla, pero ella, infatigable continúa con la reseña de la reunión y puedo darme cuenta de que está al borde del llanto.
Poco a poco hilo la historia en mi cabeza. Claro! Ella había ido a Francia a vivir por un tiempo, estando allá había ido a algo a España y había conocido a Rubén, que era el hijo de la novia de su primo, habían tenido por ahí un romance. O algo así. Lo importante era que en aquella época, Adriana –mi amiga- ya llevaba años con su novio aquí en México, ellos tenían una relación extraña y yo siempre dudé de que él la quisiera, probablemente porque no daba señales de mucho afecto cuando estaban juntos, y porque era de esos hombres inseguros y pendejos que siempre la hacía menos enfrente de los demás. En fin… que esa es otra historia. El caso es que Adriana le había sido infiel, al volver a México ella optó por hacerse la desentendida y creo que hizo bien al jamás aclarar nada.
Habían pasado un par de de todo esto, yo me alejaba de mi mamá y buscaba shampoo y acondicionador, crema de peinar y todo lo que necesitaba cuando tenía el pelo largo. Acabé por decirle a mi mamá que la esperaba por las cajas para poder hablar más agusto. Ok, entonces me decías de Rubén. Sí… está recién casado con una mujer bellísima, me dijo Adriana.
Este chico se había casado y tenía una bebé. En ese momento mi amiga me confesó muchas cosas que hacía dos años no me había dicho, entre ellas que había contemplado la posibilidad de tener una relación seria con Rubén, deshacerse del buenoparanada del novio mexicano y sentirse enamorada como nunca. Obvio no lo hizo y en ese momento me decía llorando “es que me siento rarísima porque esa pude haber sido yo… esa bebé podría ser mi hija…”. Me quedé medio pasmada porque sentí que por fin, ella se daba cuenta de que no era manda andar con puro perdedor, o lo que yo tengo clasificado como tal. En fin, me dediqué a calmarla, a decirle que ella tiene una muy buena vida, que ha tomado buenas decisiones y cerré con el típico “ya nos tocará amiga”.
Hoy recuerdo esta historia porque es el cumpleaños del hombre con quien alguna vez pensé que podría casarme y tener hijos. Creo que cumple 35. Fuimos muy buenos amigos, los mejores yo creo, con nadie me he divertido tanto como con él, con nadie en realidad he hecho tantos planes como con él. Y es raro, porque nunca fuimos novios, sólo fuimos muy buenos amantes. Teníamos una especie de simbiosis y una necesidad del otro, de vernos, de platicar, de cocinar juntos y comer, de hacer viajes, de ir a la playa –cosa que nunca sucedió, por cierto-, de pensar en no poder hacer nada sin el otro. De pronto él o yo teníamos una pareja y nos alejábamos, pero en el fondo pensaba que él no iba a estar mejor con nadie más que conmigo. Tenía un hijo pre-adolescente que hoy es casi un joven universitario. Y yo los amaba a los dos. Les cuidé enfermedades, les cociné, los arrullé, los abracé, les hice cosquillas, me reí con ellos, los vi llorar mil veces a los dos.
Pasó el tiempo y creo que la que encontró cosas mejores fui yo. En perspectiva me doy cuenta de que mil veces he pensado con respecto a él, que “esa podría ser yo…”. Sin embargo, me queda claro que aunque me parezca el hombre más divino sobre la tierra, “ése no podría ser él” y yo no podría haber hecho nada con él. Si todo era perfecto, pero lo perfecto no existe porque tiene que ver con Dios, etcétera, lo imperfecto era que intelectualmente él y yo nunca acabamos de hacer click. No encontraba en él ningún estímulo… y eso fue en gran parte lo que mató las cosas.
Hoy que cumple sus treintaytantos y que ya no se ve tan juvenil, aunque sigue siendo el mismo de hace años, sé que me encantó ser la primera en felicitarlo a las 7:23 AM. Lo desperté y me dijo con voz modorra “mmhhhh qué rico escucharte”. Y sé que me quiere y que yo lo querré también mucho, siempre, aunque “yo no sea esa, y él no sea ese, y esa no sea mi vida”.