Cuando sea grande escribiré un libro llamado “Cómo matar a su director de maestría -y su estúpida secretaria- sin que lo agarre la policia”.
Claramente, el libro hablará de mi propia experiencia empírica.
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Aunque me he prometido no escribir posts largos, hoy será la excepción porque estoy explotando. Dos semanas a dieta, dos semanas dejando de fumar, dos semanas de comenzar clases de una maestría que odio y dos semanas de intenso trabajo en la oficina se han convertido en la receta perfecta para el desastre. Yo culpo de mis males al mediocre programa de maestría que curso desde hace más de un año, puedo equivocarme, pero al final esta es mi historia y esa es mi percepción.
Si no tuviera que ir a la escuela, no tendría que lidiar con la realización de trabajos que me dan flojera, con marcos teóricos-conceptuales chaquetos (porque así es la teoría de la comunicación). No tendría que pagar veranos de 20 mil pesos por dos semanas de clases y podría emplear ese dinero en 1) pagar mis deudas, 2) ampliar mi colección de zapatos, 3) comprarme un juego de maletas o 5) cualquier otro gusto propio. La maestría sin duda dejó de ser uno de esos gustos.
Es inexplicable el odio que le tengo al programa; inconmesurable el que siento por el imbécil director, su soberbia, su miopía académica, su falta de habilidad social y a la –no se cómo llamarla para insultarla lo suficiente– de su gorda secretaria. Ojalá la corran, se quede sin trabajo y sin comer, que muera de inanición en el asqueroso agujero donde ha de vivir. Pinche gente, me cae. Prometí cuidar mi lenguaje en este blog, pero este post también será la excepción. A mi no me da pena decir que les deseo mal. No me da pena y si eso me convierte en una mala persona, pues so be it… ojalá que les vaya mal, en lo personal y con su programucho de quinta catego.
La tensión que me provoca la escuela ha contribuido a que mi personalidad cambie, a que me haya vuelto una persona negativa, grosera (para muestra, este post), irracional, depresiva, ansiosa. A diario me pregunto ¿cómo le haré durante el tiempo que me resta por asistir a esos salones de clases donde me asfixio? ¿sobreviviré? Una luz me alumbra, pero no me es suficiente para ver hasta el final. Tengo deseos y fantasías irracionales de quemar la escuela por ejemplo, de hacer un numerito con CONACYT para que les hagan algún tipo de audítoría y les retiren el apoyo (porque el programa no es digno del mismo), de golpear a mi director y reclamarle lo mal que me ha hecho él, su programa y su actitud, de decirles a todos los de esa oficina que son unos wannabees de investigador, que si googleas alguno de sus nombres, no son NADIE. I mean NADIE.
Si no fuera a la maestría, tendría tiempo de descansar de mis largas jornadas laborales. Si no fuera a la escuela podría continuar haciendo ejercicio diario (y no habría subido 4 kg en 3 meses). Si pudiera, sobornaría a las autoridades universitarias para que me den mi título a cambio de una módica cantidad. Llámenme corrupta, sí.
Hace tanto no me sentía tan deprimida, frustrada, mal, triste, perdida. Porque además de todo mi malestar, tengo que hacer un trabajito para titularme y no tengo idea qué hacer. ¿Un estudio de caso? ¿una tesis en forma? ¿un artículo académico para publicar? Lo único que pienso es “váyanse todos a la mierda”.
A mi esto me está afectando demasiado, me encuentro totalmente rebasada y que nadie pregunte que por qué no me salgo, porque esa es otra historia relacionada con CONASHIT (sus apoyitos ridículos) y una deuda que ascendería a casi 100 mil pesos.
Sí, ni modo, tengo instintos asesinos muy a flor de piel y a todo el mundo le pasa, nomás que a mi no me da pena decirlo.