Ayer me sentí un poco mal. Hace un par de meses, cuando me cambié de trabajo, me contactó un profesor de la maestrí para buscar trabajo aquí. La verdad es que tiene un buen perfil, no es “exactamente” lo que necesito, pero ¿quién lo es? En aquella época por cuestiones presupuestales ya no podía contratar a nadie, sin embargo, quien sería su jefe lo entrevistó y me dijo que le parecía bien, pero que le preocupaba el rollo de la edad. Mi profe tiene alrededor de 60 años, yo creo… si no, está bastante cascado! pero bueno. El asunto es que me mandó dos mails en las pasadas dos semanas para ver “cómo iba mi proceso de selección y reclutamiento” y ayer no tuve más remedio que contestarle que gracias pero no gracias.
Me sentí mal porque sin duda es una persona inteligente y con experiencia, y sobre todo es un padre de familia sin chamba, que para como están las cosas, no es algo coqueto. Pero también es cierto que no sé si en realidad él hubiera querido quedarse mucho tiempo, asumir el compromiso de ponerse la camiseta de trabajar aquí y ponerse unas super chingas. Creo que llega una época en la vida donde si bien uno no deja de trabajar, tampoco es un recluta. En fin, además mi jefe ya me había dicho que quería alguien con perfil de abogado administrativo, que fue el argumento que finalmente usé por encima de los que tienen que ver con la edad y los compromisos familiares que mi profe tiene y que a la larga uno resiente mucho no poder cumplir.
Aún así, creo que fui parte de la discriminación laboral que comienza a dejar fuera a los adultos mayores de 50. Lo siento mucho.
