Aquí el texto íntegro de Juan Villoro del que escribí en la entrada pasada, está en Reforma del 24 de Octubre.
Juego de manos
Juan Villoro
24 Oct. 08
Aunque se supone que la literatura pertenece a la esquiva zona del trabajo intelectual, sus practicantes suelen tener problemas con las manos. Los 80 años de Carlos Fuentes han dado motivo para recordar el dedo ejemplar con que teclea a velocidades inauditas y que se le torció como un aguijón (no en balde su signo zodiacal es Escorpión). Ese patriarcal dedo castigado resume las consecuencias manuales de un oficio que se supone especulativo.
Sabedor de lo difícil que es crear mundos moviendo los dedos, Antonio Lobo Antunes recomienda escribir durante horas hasta que la conciencia se canse y la mano se mueva por sí misma. Aunque esta teoría se acerca bastante a una técnica de chamán, no hay duda de que los escritores dependen de la fatiga de sus dedos: el devaneo mental llega cuando el cuerpo se encuentra adormecido.
Las nuevas tecnologías no han aliviado el sufrimiento manual de los autores. Hace un par de años me encontré al novelista norteamericano Francisco Goldman y me sorprendió verlo con una férula en el antebrazo. “Tengo la enfermedad de los tenistas”, sonrió como si hubiera ganado Wimbledon y procedió a contar que después de jornadas maratónicas, el ratón lesiona el mismo nervio que se lastima por intentar un agónico passing shot.
A partir de esta anécdota podría pensarse que las computadoras sin ratón dañan menos. Nada de eso. Acabo de ver al escritor venezolano Alberto Barrera, autor de la novela La enfermedad, que se gana la vida reinventando el arte de la telenovela (Nada personal se encuentra entre sus créditos). “Tuve que matar un tigre”, dice al enfrentar un encargo incómodo. Por su aspecto, uno pensaría que va de safari a puño limpio. Alberto tiene en la palma una herida idéntica a los estigmas de Cristo. Lo acababan de operar de una artritis producida por el exceso de trabajo en la lap top. La escritura castiga las manos tanto como el boxeo, pero no permite usar guantes.
El dedo de Fuentes, la muñeca de Goldman y la palma de Barrera me llevaron al libro Elogio de la mano, del historiador de arte francés Henri Focillon (editado por la UNAM en su colección Pequeños Grandes Ensayos). Tal vez por haber nacido en Dijon, capital de la mostaza, Focillon aprecia la artesanía de lo que se muele y aplica con cuidado. Sus estudios lo llevaron de la pintura a la mano que le sirve de instrumento. El ensayista vivió de 1881 a 1943, o sea que perteneció a una generación que aún dependía del trabajo manual. No es raro que encomie la relación del tacto con los utensilios: “Entre la mano y la herramienta comienza una amistad que no tendrá fin. La una comunica a la otra su calor de vida y la forma a perpetuidad. Como es nueva, la herramienta no está ‘hecha’; es necesario que se establezca entre ella y los dedos que la sostienen ese acuerdo nacido de una posesión progresiva, de gestos ligeros y combinados, de hábitos mutuos y hasta de cierto deterioro”. Lo que llamamos “progreso” fue la “posesión progresiva” de las herramientas hasta llegar a la tecnología virtual.
Aunque no hemos prescindido de la manualidad, la automatización ha restado importancia a las soluciones artesanales. Actualmente, lo “digital” alude menos a las huellas dactilares que a los dígitos de la informática. En su monumental proyecto El trabajo del hombre, el fotógrafo brasileño Sebastiao Salgado se propuso, precisamente, retratar a los últimos exponentes de ciertas formas del trabajo manual.
Elogio de la mano vale por el texto de Focillon, pero también por el hermoso prólogo del poeta y traductor Hernán Bravo Varela. Nacido en 1979, Bravo Varela pertenece a una era donde la mano se utiliza para oprimir botones y activar espectros en las pantallas.. Su elogio de la mano es, por tanto, un elogio de las sombras y del dibujo sutil -la escritura- que de ellas se deriva: “Mano y tacto, como cuerpo y sombra, han ido por la tierra dándole un fin a las cosas que encuentran a su paso, transformándolas en semejanza de su flexibilidad, ligereza y concreción. Sin la sombra, proyectada como un yo horizontal y sedentario a ras de suelo, nada nos recordaría nuestra mortalidad mientras caminamos una tarde soleada de domingo por el parque o, como suele decirse, ‘prendemos la luz’ de la sala o la cocina -qué cosa inútil y genial sería, por cierto, prender la luz que, de suyo, está prendida desde siempre-”. Para Bravo Varela, las manos enriquecen el mundo por las representaciones que producen, comenzando, de modo elemental, con su propia sombra, el teatro de aves y conejos que podemos proyectar en cualquier muro. Los sistemas simbólicos prolongan la “flexibilidad, ligereza y concreción” de las manos.
La época ha otorgado una condición progresivamente virtual a las manos; transitamos de lo táctil a su figuración en las pantallas. No es casual que el iPhone anime imágenes -huellas de luz- con la más primitiva de las herramientas, el dedo. En este caso, los trazos de la mano ya están dentro del aparato y el usuario se limita a desplazarlos.
¿Por qué no dictamos para evitar lastimaduras? En otras tareas el trabajo manual se ha vuelto prescindible, no en la escritura. Al pasar un texto en limpio, el autor que pretendía hacer dos cambios hace veinte. El tacto produce ideas. Por más cerebral que sea la escritura, depende de un roce, el contacto con la pluma o el teclado, un requisito físico que proviene de algún bisabuelo genético, un antropoide encantado de usar el pulgar oponible. El poeta Gerardo Diego formuló así el acto de escribir, oficio a un tiempo manual y sideral: “Son sensibles al tacto las estrellas/ No sé escribir a máquina sin ellas”.
Las manos lastimadas de los escritores vienen de tanto ensayar ese misterio. Deletrear el universo obliga a usar la única parte del cuerpo que incluye las cinco puntas de una estrella.