En estos días he leído varios artículos, opiniones, he seguido chats de El Universal al respecto de la disyuntiva entre votar y no votar o ir a la urna y anular el voto. Hay quien sostiene que el abstencionismo abrumador en la elección intermedia de este año podría servir de “lección” a la clase política del país; hay quien sostiene que no acudir a las urnas no basta, sino que habría de hacer el ejercicio de ir y anular el voto (hay varias maneras de hacerlo) y, por úlitmo hay quienes sostienen que el voto es una de las herramientas ciudadanas por excelencia en la democracia, por lo tanto por supuesto que hay que salir a votar.

Yo sin duda (vaya, muy pocas dudas podría tener), estoy más de acuerdo con la tercera idea que con las primeras dos. Una cosa es que no exista el partido político de ensueño, aquel que nosotros quisiéramos que existiera y la otra es que eso sea, entre otras, una de las justificaciones para abstenerse o anular el voto.
Creo que cada partido arrastra una serie de vicios, al mismo tiempo que arrastra proyectos e ideas distintas; sería iluso pensar que todos están libres del alguna culpa, como por ejemplo, continuar las prácticas clientelares que en su momento (y con gran éxito, por cierto) usó el PRI. Al final, vamos chicos, somos un país culturalmente clientelar. Pero también es iluso, más bien desalentador pensar que no ha habido lugar a cambios internos en nuestros partidos, como si no hubiera muchos jóvenes y gente nueva y fresca como un jardín, aguardando la oportunidad de hacer algo por el país desde la política.
Mi disgusto con quienes proponen el no votar o el anular el voto versus la opción de votar se centra fundamentalmente en que sus argumentos parecen provenir de un lugar bastante burgués. Asumen que todos los mexicanos cuentan con educación y criterios (políticos) para asumir que al no ir a votar, o ir y anular el voto son en sí una acción política, una acción de protesta y de crítica. No, no, no… aquí sí considero que somos pocos quienes alcanzamos o podríamos alcanzar ese nivel de análisis de la coyuntura, el ciudadano de a pie, que a mi juicio ni es un ciudadano anda en otras cosas.
Alomejor me tachan de que creo que en general los mexicanos somos ignorantes o necesitamos que nos digan como hacer las cosas… pues sí, sí lo pienso, no en todo, pero a ver, siendo sinceros… no creo que todos los que tienen credencial del IFE estén suficientemente interesados en la política, ubiquen bien quién es quién, sepan leer, que más o menos tengan idea de sus derechos y obligaciones, que crean en la importancia de la rendición de cuentas o quieran exigirla, etcétera. Estoy hablando a nivel nacional, no del ombligo del mundo que es nuestro querido DF.
Creo que antes de promover el abstencionismo o la anulación del voto, debiéramos avocarnos más en la tarea de la construcción de ciudadanos, porque desos no hay, casi.
Pensar que tras dos sexenios de gobiernos de otro color ya estamos del otro lado, que ya somos una democracia consolidada, no sólo en sus institucones sino en su sociedad, es decir, que somos un pueblo democrático y con cultura (y consciencia) de participación ciudadana, me parece un error. Seguimos en una dolorosa transición.
Aquella suposición de que quienes no votarán o anularán el voto lo hacen de manera consciente y razonada para dar lecciones, la verdad es que me deja temblando. No creo que en este momento de nuestra historia, como país, como sociedad estemos en condiciones de hacerlo, tampoco creo que les haga ni un rasguñito a los partidos. En todo caso se interesarán en el fenómeno los señores del círculo rojo, que para el caso nadie lee (bueno, casi nadie…).
Y entonces regreso a mi punto: creo que ahora que somos nuevos en esto de salir a votar, de participar, de hacer asociaciones, de ser conscientes de la fortaleza que puede tener la sociedad civil organizada, de hacer valer nuestros derechos, es momento de construir esos ciudadanos que aprendan primero a votar. Ya luego, que decidan si lo hacen o no.
La otra consideración, que un poco es un Op.Cit. del Dr. Mauricio Merino en uno de los chats de El Universal, es que ¿cómo sabríamos qué cantidad de personas se abstuvo de votar o anuló el voto de manera consciente para dar esas señales de hartazgo? ¿Cómo estamos seguros que no son simplemente personas que no les interesó por mil razones distintas? Aguas…
Si lo pensamos según principios del rational choice, por suspuesto que para el individuo la acción de salir a votar acarrea un costo mayor que no hacerlo. Para votar como Dios manda, se supone que hay que informarse y tomar la mejor decisión y eso requiere tiempo y psss si ya para estas alturas del post se mueren de hueva, imagínense a ustedes mismos contrastando propuestas y en verdad votando por quien a ustedes les convence. Es decir, votar se supone que no es así como así, enchílame otra. Pero bueno, en México esto casi no se da. ¿O sí? a ver… mientan para quedar bien.
Bajo este principio de que a todo el mundo le da hueva informarse, que es la parte que como ciudadanos nos tocaría hacer (amén de lo que los partidos y candidatos hagan por su lado), entonces todo México somos una borregada que, o no va a votar por hueva (no por castigar o dar lecciones de política), o no va a votar porque mejor que otros decidan (y aquí caben toda clase de explicaciones de por qué decidimos no hacernos responsables después), o de ir y votar por aquél partido o candidato que es el favorito de mi familia, o de mi pareja.
Ajá. Sí así es, así es…
Construyamos ciudadanos que agoten el recurso del voto antes de limitarlos del placer de ponerle el tache a la boleta. Más mucho más construyamos ciudadanos con las nuevas generaciones, que son chingos de gente, chingos de jovenes que seguramente con un empujoncito son capaces de abrir la boca, criticar, participar y decidir.

