He estado leyendo blogs de nuevo, regresé a ReColectivo y creo que hay cosas que volvieron a gustarme, porque la verdad es que después del primer mes como que me desencanté, o tal vez lo que me ha gustado es el tema de la semana y cómo lo han abodado varios de los que participan ahi.
Yo no soy de ReColectivo, pero hablando del tema de la semana y de los héroes sin calle, les contaré una historia real que me parece súper linda.
Hace más o menos 23 años, Michel regresó un día de la escuela y le dijo a su mamá que unos niños le habían dicho que los Reyes Magos no existían, que eran puro cuento inventado por los papás. Él tendría unos cinco o seis años más o menos y su mamá (una mujer por mucho maravillosa y admirable) le dijo que quienes mentían eran los niños; le echó el cuento de que “si no crees no te van a traer nada”, pero en el fondo lo que ella no iba a permitir era que otros niños mañosos le quitaran a su hijo la ilusión de creer en la mágica noche del 5 de enero y la enervante sensación que a todos nos producía encontrar los juguetes la mañana del 6.
Un par de meses más tarde se acercaba el día de Reyes, la mamá de Michel le preguntó qué les iba a pedir de regalos, y éste le dijo que quería conocerlos en persona y conocer la fábrica de juguetes que tenían. No quería un avión de juguete, ni una bici, quería ver en persona a Melchor, Gaspar y Baltazar. La mamá le dijo que ok, que lo escribiera en su carta y la colocara en un zapato bien boleado cerca de la ventana.
Esa noche, Michel ya estaba dormido cuando sintió que su mamá lo movía para despertarlo. Michel, ya llegaron los Reyes Magos… Michel… Abrió los ojos y adormilado vio parado en el umbral de la puerta a un señor cubierto en túnicas vistosas y collares y joyas, a todas luces, un rey. Michel le preguntó muchas cosas, sobre la fábrica de juguetes y sobre si lo iba a llevar a conocerla. El Rey le dijo que precisamente porque había leído su carta, le había pedido a su mamá hablar con él, porque había un pequeño problema: cada año los Reyes Magos llevaban a muchos niños a conocer la fábrica de juguetes, sin embargo, ese año tocaba a los que se apellidaban con “D”, así que sería hasta el siguiente invierno cuando le tocaría a Michel ir, se apellida Estefan.
El Rey lo abrazó, le entregó sus juguetes, le dijo que no dejara de creer y se fue. Michel regresó corriendo a su cama y se abrazó a la almohada para gritar de emoción. Ahora cuando lo cuenta se muere de la risa al acordarse de sus gritos ahogados en las plumas de la almohada. Cuando llegó al colegio pocos le creyeron (como en ReColectivo, cuando Guffo conoce al “verdadero Hulk”) y lo único que pensó fue que era problema de ellos. Él había visto y había platicado con un Rey Mago.
Para el siguente invierno había pasado un año completo y ya eran demasiadas las pruebas de que en efecto, los Reyes Magos no existían y era un hecho de que aunque se apellidara con “E”, no iba a conocer ninguna fábrica de juguetes, pero eso era ya lo menos importante.
Su mamá dice que lo hizo porque nadie tiene derecho a arrancarle a otra persona sus sueños, sea niño o sea adulto. Ella se apalabró con un vecino y lo vistió para la ocasión, hizo un montaje espectacular para prevenir que Michel dejara de creer y de soñar con algo que siendo niño le hacía muchísima ilusión.
Esta historia fue escrita como parte de las aplicaciones para Doctorado de Michel hace un poco más de un año, cuando algunas universidades piden escribir sobre experiencias personales significativas. Cuando lo lei eché mi lagrimita y me pareció de lo más lindo y le dije, te quedarás en la universidad que quieras sólo por la historia del Rey Mago. Porque además, claroooo que él la escribió mucho mejor que yo. En fin.
Hay mil historias parecidas, pero conocer esta de tan cerca me hace sonreir una y otra vez al recordar la parte en la que Michel regresa a su cuarto y grita de emoción contra la almohada. Ahí su mamá me parece la heroina que de alguna manera salva la inocencia y la infancia.